Con esta magnífica canción e interpretación nos deleita Marilyn Monroe: "Diamonds are a girl's best friend", de la película Los caballeros las prefieren rubias (1953) del genio creador Howard Hawks. Basada en una novela y, luego, en un musical de Broadway de Anita Loos, en este film se crea una autocrítica sobre el estatus de las chicas bellas y rubias que, con sus encantos, pueden conseguir todo lo que se propongan con sólo un gesto. La cinta ridiculiza a este estereotipo de mujer y su estilo superficial de vida. El número que os propongo deja patente esta afirmación: 'los diamantes son los mejores amigos de las mujeres'. Cómica y sarcástica cinta con toques geniales de interpretación musical que ya denota la envergadura del mito de Marilyn Monroe.
Muchas revisiones se han hecho de este número; en el ámbito de la música, Madonna, en su afán perpetuo de querer alcanzar la mitomanía, protagonizó un videoclip calcando el musical, pero adaptándolo a los años 80. La canción es "Material girl" del álbum Like a virgin (1985), donde se capta la esencia del número anterior pero recalcando la repetición del cliché: 'una chica superficial en un mundo materialista'.
Si en esta década se recalca la perpetuidad del estereotipo, en el año 2001, en la película Moulin Rouge de Baz Luhrmann se acoplan las dos visiones de la mujer materialista (la de Marilyn y la de Madonna) en la interpretación de Nicole Kidman, quien funde las dos canciones para formar un número ambientado en los cabarets de París del año 1900. El perfil se repite a lo largo de la historia, hasta nuestro días, como un ciclo.
Por tanto, 9 meses después... vino el renacimiento del blog Monstruos invisibles. Cada 23 de cada mes se repite el mismo ritual que conmemora el tiempo de vida de este espacio de reflexión sobre los temas más curiosos del séptimo arte. A punto de cumplir las 12.000 visitas y superando las 63.000 del Canal Monstruos invisibles, quiero agradecer, a este gran número de lectores ávidos de nuevas reformulaciones del cine, mi más sincera gratitud.
Según los cánones clásicos, para elaborar una historia se necesita un espacio, un tiempo, un personaje y una trama, como mínimo. En el cine esto es evidente. Para elaborar una trama es necesario una peripecia, o sea, algo que desestabilice la normalidad de una situación: si en una película vemos una pareja enamorada viviendo en armonía, algo malo les pasará luego, seguro. Además, los elementos del espacio han de tener una utilidad y no pueden ser gratuitos, como decía el escritor ruso Anton Chejov: "Si al principio de una novela se dice que hay un clavo en la pared, al final el héroe debe colgarse de ese clavo". Esto es la teoría y lo que una película normal tiene por defecto pero, claro, hay films que experimentan con estos conceptos relativos y los quitan o los cambian. Esto pasa también con los pintores abstractos, los poetas conceptuales, etc. cada uno en su campo de trabajo, pero que desbaratan los referentes que todos conocemos por la tradición y los renuevan. El resultado está al gusto de cada uno, pues al no basarse en conceptos universales, el agrado u odio vendrá por la impresión subjetiva de cada uno: nadie puede comprender el significado real de un cuadro abstracto y su opinión será muy distinta de la de otra persona que esté a su lado mirando lo mismo. Por tanto os voy a presentar dos films que se desmarcan de los patrones habituales en algunos aspectos:
-Gerry (2002) de Gus van Sant. -Dogville (2003) de Lars von Trier.
Dogville es una película que quita el concepto de espacio más usual, de hecho, crea un espacio invisible. El film se despoja del lastre de un elemento que a veces nos importa (los grandes decorados de época) y a veces no (cualquier film donde importe otra cosa que no sea el sitio donde transcurren los hechos), pero que si nos lo quitan nos quedamos perplejos. No porque sea imprescindible, sino más bien al contrario: un espacio es prescindible si no lo utilizamos para un fin. Este excelente film forma parte de la trilogía Estados Unidos: tierra de oportunidades y siguen las otras partes el tótem establecido por la primera. La 2a parte y la 3a son : Manderlay (2005) y Washington (2007). En Dogville, por tanto, no hay espacio escenográfico, es decir, veremos un poblado (todo está rodado en una suerte de escenario de un teatro vacío) con habitantes que moran en sus casas sin paredes, los jardines no tendrán flores, pues estarán pintadas en el suelo, al igual que la morfología de las viviendas (como en un plano). ¿Por qué alguien cuando empieza a ver esta cinta siente una extrañeza brutal? Pues porque estamos demasiado encorsetados en valores que no se corresponden con su utilidad o, simplemente, no encajamos bien la experimentación. El espectador no necesita paredes ni techos, pues lo que realmente importa es la historia. La genialiad de Lars von Trier reside en que nos da unos nuevos referentes, creando así un nuevo lenguaje en el cine, un nuevo estilo. La película contiene un guión que no puede ser más arrebatador, lleno de drama y tragedia humana, donde se plasman las más perversas pasiones humanas. Además la película está contada como un cuento. Está dividida en 9 capítulos y un prólogo y, además, con un título en cada parte que sintetiza la esencia de la trama. Grace (Nicole Kidman) huyendo de unos gángsters entra en el pueblo de Dogville. Allí encontrará el regocijo de Tom (Paul Bettany) que será quien la intentará integrar dentro del microcosmos del pueblo. Una vez allí, tendrá que hacer todas las tareas útiles que los moradores necesiten para ganarse su confianza: si no se la gana, la echan. Pero es mejor que veamos el principio del film para hilvanarlo con la explicación de la historia:
A partir de aquí el, a priori, peligro del que sale Grace (los gángsters) se convertirá en una caída a los infiernos (el pueblo de Dogville). Progresivamente y perfectamente medido se dosificarán las tendencias de los pueblerinos para apropiarse de una persona forastera. Muchas relaciones se pueden entablar con el tema de la immigración. La localidad estará formada por personajes muy singulares: un hombre ciego que quiere hacer ver que no lo es, un médico hipocondríaco, un joven embobado por la desidia que quiere ser filósofo, etc. La trama tomará unas proporciones trágicas abismales. Cuando uno empieza a ver el film asume el código del director y lo acepta. Te das cuenta que el espacio no deja de ser un mero clavo en la pared del que nadie se va a colgar, pues no se muestra lo que no tiene utilidad. La difícil personalidad de Lars von Trier y su manera de crear un film (al modo Dogma) hizo que se crearan unas punzantes relaciones entre los actores y la situación surrealista del tema (estuvieron aislados de cualquier contacto con el exterior). En este vídeo se muestra más o menos (se intuye, mejor dicho) este choque:
Original, brillante y espléndido film que no deja indiferente a nadie, tanto por su forma como por su historia. Lo intrigante del largometraje es que no importa que todo transcurra en un pequeñísimo pueblo; los vicios de todo la humanidad están en lo más microscópico del universo. No importa dónde miremos siempre encontraremos la maldad del ser humano. La villa representa un microcosmos que es la plantilla de las sociedades "civilizadas" del mundo.
Como dije en la tercera entrada de este blog ("Tiempo invisible") el espacio es una forma de ordenación humana y, si hipotéticamente, nos despojáramos de las cosas que en él están obtendríamos la nada, un valor difícil de asumir, pues estaríamos contradiciendo y negando nuestras limitadas mentes. Como hemos visto en Dogville hay una suerte de espacio invisible: el escenario, el espacio de un film. Gerry es una película que no sólo se quita las vestiduras del dicho concepto sino que, encima, se anula el concepto de peripecia que he mencionado al principio. Film difícil de digerir donde no pasa nada y, además, no hay un espacio en concreto. Dos jóvenes que viajan en coche deciden dejarlo para empezar a caminar sin un destino realmente claro. Se producirán unos diálogos anodinos donde uno no puede realmente exprimir nada en concreto y esto se alargará hasta los 103 minutos. Una película experimental de Gus van Sant donde se intenta la interacción del espectador de una forma más activa de lo habitual. Aquí encontraremos decenas de minutos en silencio, donde el que visiona la película deberá adecuar la naturaleza con lo inerte de los personajes. Experimento muy arriesgado el de este film y que da pie a múltiples críticas por el estupor o sopor que puede llegar a influir en el espectador. En un momento del film Casey Affleck y Matt Damon se separan y se pierden por el inabastable desierto. Veamos un fragmento para que podáis conocer la esencia del film, aunque hay que aclarar que en este trozo hay música de fondo, cosa que no suele pasar en el resto del metraje.
Por tanto, el espacio invisible mora en los films que juegan con lo que ya está establecido o acordado tácitamente. El silencio del espacio se palpa y se presiente del monstruo que vaga por las mentes de creadores y espectadores que juegan al juego del espectáculo que se presenta.