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martes, 14 de octubre de 2008

El delicado arte de aparcar

"Una máquina puede hacer el trabajo de 50 hombres corrientes.
Ninguna máquina puede hacer el trabajo de una persona extraordinaria"

Con esta célebre frase de Elbert Hubbard se crea el detonante de la comedia independiente El delicado arte de aparcar (2003) de Trent Carlson. La película canadiense mezcla el género del documental ficticio con el de las situaciones reales de nuestra vida cotidiana que nadie vislumbra a simple vista. La materia que se trata y los personajes que aparecen son consecuencia clara de la excelente serie Trailer Park Boys (2001-2006). Asimismo, el uso de la cámara y la persecución de los personajes son fruto de la misma. Pero, eso sí, es la iniciadora del humor de Ricky Gervais en The office (2005). Aquí se puede saborear el inicio de las situaciones incómodas que luego se explotarán magistralmente en la versión norteamericana protagonizada por el maestro Steve Carell.
Lonny Goosen es un perdedor que se cree director de cine y amante y creador de arte. Después de deber casi 3.000 dólares en multas de aparcamiento decide engendrar un documental en contra de las personas que las ponen en lo que denominaríamos las 'zonas azules' de una ciudad.
Veamos los primeros minutos de la cinta (que no tienen desperdicio) que versan, en esencia, sobre el funcionamiento de la recaudación de impuestos, la sociedad del estrés, los trabajos más mal vistos de nuestra civilización y la fe por algo absolutamente incomprendido por el resto de los mortales. Deleitaros con ello, que aquí hay más verdades de lo que parece:



Absolutamente maestro es manejar una materia tan baladí como ésta y utilizarla como si fuera un guión de primera categoría para diseccionar la sociedad en la que vivimos. Sin duda el inframundo de los vigilantes de aparcamientos se ve vilipendiado por todas las personas a quien se les pregunta. La cinta cobrará unos tintes de absoluta perfección cuando Lonny entienda la situación de los intermediarios (los que conducen grúas y la del agente Parker , por ejemplo) cuando descubra que un vigilante cae en estado de coma por el ataque de un conductor colérico. Ésto, más la aparición de algunos personajes dignos de un museo, más las actividades fuera de los círculos normales del resto de la gente (se juntan en un subterráneo para que no les peguen), harán de éste un exquisito y entretenido juego con el que deleitarse.
Como dice el vigilante Grant Parker: "Ser vigilante de aparcamiento significa proporcionar un servicio esencial a la gente de esta ciudad. Mejorar la ciudad en su conjunto [...] Lo tengo siempre presente en mi cabeza cada vez que pongo una multa... y, además, creo en ello". La absoluta creencia de que se trabaja en algo con total efectividad se contrarresta con la opinión de los ciudadanos: "Cogen a un grupo de personas, los visten de polis y les dan los walki-talkies como a los polis. Pero luego les dan la autoridad de un dependiente en un restaurante de comida rápida. Ése es el problema".
A partir de estas premisas, el director urdirá una trama que llenará de sustancia el guión con toques cariñosos hacia los personajes y, además, demostrará la idea de Elbert Hubbard sobre el valor de una persona realmente extraordinaria.
Con este film se demuestra que con la economía de datos y gastos se puede producir el ingenioso arte de filmar.