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sábado, 19 de abril de 2008

Casa tomada

Muchos films se basan en libros o cuentos para recrear luego tramas a veces más sustanciosas, a veces infames y desastrosas. El problema es conocer y comprender realmente la historia que tienes entre las manos para que no se te escape y el resultado sea muy distinto o incongruente. Pero, tal vez, la gran problemática reside cuando uno ve un film y dice: "Yo esto lo he visto antes". Tal vez el guión sea una variación o repetición de algo ya hecho o, como en los casos que voy a tratar, se parte de una historia ya escrita pero no se dice. En los créditos de las películas suele salir quién dirige, quién interpreta, quién ha escrito el guión y, si es una adaptación (ya sea libre o rigurosa) de un libro, quién lo escribió y el título de la obra en cuestión.
Muy fácil era escoger al escritor argentino Julio Cortázar (1914-1984) para hacer un buen guión, pues es el gran maestro de la narración corta.

"Casa tomada" es el primer cuento que abre el libro Bestiario y es una muestra sugerente sobre cómo se puede desgranar de un hecho tan simple y kafkiano una infinita variedad de variantes de temas. De hecho, se ha dicho que la narración contenía un significado político inherente y otras temáticas aún más distintas: Adán y Eva y la expulsión del paraíso ... Se pueden tomar muchísimas opciones, de ahí la genialidad y maestría del cuento.
En la entrada de ayer lo tenéis en este mismo blog publicado y aquí tenéis el cuento para que lo podáis tener y leer cuando y donde queráis. Lo he colgado en descarga directa:


Las dos películas que voy a tratar y que no nos dicen que se basan en el relato breve de Cortázar son:
-El habitante incierto (2005) de Guillem Morales.
-Ils (2006) de David Moreau y Xavier Palud.

Lo curioso es que el guión lo escribieron los mismos directores pero lo peor es que lo mejor de estos films es que la anécdota es la materia prima del cuento del argentino.
El relato de Cortázar trata, esencialmente, sobre dos hermanos que viven todavía en la gran casa en la que crecieron. Sin pareja y con una vida anodina y aburrida ven pasar los días sin detenerse a pensar en algo más allá de lo que tienen en su microcosmos: su casa.
De repente, un día, algo extraño e inusual sucede en su espacio: alguien ha entrado en su casa.
El miedo a lo desconocido les provoca que vayan alejándose del monstruo invisible que está contaminando su espacio; sólo lo oyen moverse, no lo ven, pues a cada habitación que va alcanzando cada día, ellos van cerrando las puertas detrás suyo. Esto provocará que esta situación kafkiana (asumir una situación incongruente y no rebelarse, sólo aceptarla) se vuelva en contra suya, pues irán cediendo espacio al desconocido invasor hasta que acaben viviendo en un pequeño cuarto y terminen dejando la casa y tirando las llaves por una cloaca. Un detalle: ¿y el reloj? ¿por qué se lo quedan? Es lo único que se quedan. Ahí lo dejo.
Este increíble relato que bebe de las fuentes de Kafka y del absurdo, pero con un tema que puede hacer que interpretemos el significado de mil maneras, es un fruto demasiado rico para un guionista. Daros cuenta que mientras la acción del invasor avanza los dos protagonistas siguen inertes en quehaceres ociosos del hogar.
De este relato se hicieron dos adaptaciones (éstas sí decían que se basaban en Cortázar):
-Sinfín (1986) de Cristian Pauls.
-House taken over (1997) de Liz Hughes (cortometraje).

Por Internet se puden encontrar muchísimos cortometrajes sobre "Casa tomada", normalmente todos hechos de forma amateur, el resultado suele ser muy irregular y muy parecido a la vez. Pero vayamos a lo que nos interesa.
El habitante incierto es una película que desde el principio vemos que se apoya en el relato de Cortázar. La cámara sobrevuela los planos de la casa y se produce la misma situación que en el cuento, salvo por las originalidades que ha aportado el guionista para enriquecer a su manera el film. De hecho el punto de salida reside en cambiar al hermano y a la hermana por una pareja. Aquí tenemos, por tanto, a una pareja que deciden separarse y él, el arquitecto Félix, se queda solo en su casa con sus fantasmas interiores. Un día decide dejar entrar a su casa a un extraño para que llame por teléfono y aquí es cuando el protagonista vivirá intrigado en que esa persona todavía está en su casa. Lo mejor de la película reside en que está dividida en 2 partes: la del invadido y la del invasor. Sugerente planteamiento. Para anotar algo en contra, aparte de no decir que se adapta libremente o no tanto en el cuento, la película podría dar incluso más de sí. Sobretodo en la parte final que culmina la historia. De todos modos es una película inusual en el panorama cinematográfico español. La protagonista, Mónica López, recibió el premio como mejor actriz en el festival de Sitges.

Ils es una excelente película, buena por su atmósfera y su terror intenso pero, por el contrario, muy criticada, y lo es por varias razones: tiene un principio pésimo y dice que se basa en hechos reales. Esto último debería ser una buena razón para verla, pero no es realmente cierto que así lo fuera, pues se nos muestran detalles que nadie podría saber, o sea, el director ha inventado partes y, sinceramente, creo que se ha recreado la realidad. Cuando la miréis sabréis a lo que me refiero. De todos modos, a mí me parece acertadísima la plasmación del miedo de los protagonistas y el golpe final: ¿quién o qué se esconde en la casa?. Y en el final es donde casa perfectamente el hecho de que se base en una realidad y la ficción. Esta es una cinta que ha sido muy vilipendiada por su oscuridad, pero es que así lo requiere el film, pues se dota de una opresión que pocos directores saben hacer, o lo hacen con demasiados artilugios o efectos especiales, aquí todo es natural. La sensación de miedo es aquí un logro indispensable, muy bien encontrado.
La historia trata de una profesora, Clémentine, que decide con su marido, que es escritor, irse a vivir a Bucarest, pero en una casa apartada de todo (hay un poco de tópico aquí). Un día unos desconocidos invaden progresivamente su casa y los protagonistas van cediendo hasta que deciden contraatacar o, simplemente, escapar, pues no se traslucen buenas intenciones en los invasores. Aquí empezará una vorágine de locura y terror real, no impostado ni sobreactuado, que arrastrarán al espectador a las altas cotas del miedo. Muy recomendable para quien quiera saborear las diferentes vías de transmitir terror en un film.
El principio del film, como he dicho antes, no es nada acertado, pues no tiene nada que ver con el resto. Se recrea una situación que se ha repetido en centenares de películas baratas de este género, y es algo injusto, porque lo que viene luego es mucho mejor. Una madre y su hija tienen una avería en la carretera y algo las ataca y las asesina. No es una buena introducción, pues a priori parece un film tópico y típico.
Para mí es una más que excelente cinta de terror y para quien no la haya visto os dejo el tráiler que se emitió antes del estreno:



Por tanto, hemos visto 2 películas que se apoyan sobre el texto de Cortázar pero barnizándolo de terror, algo que los dos protagonistas del cuento prácticamente no sienten, sólo el lector. Además han añadido algunos elementos para adecuar el texto a sus necesidades, aunque no lo digan ni lo reconozcan.

viernes, 18 de abril de 2008

Casa tomada (introducción)

Os voy a presentar el tema en el que se va a basar la próxima entrada que se publicará mañana. El uso del cuento "Casa tomada" de Julio Cortázar (1914-1984) en films que no dicen que se han basado en él.
Para ello primero os presento el cuento en cuestión para que podáis leerlo y así entender mejor el contexto. En el próximo post os lo daré en descarga directa para que podáis guardarlo y leerlo las veces que queráis.
Aquí lo tenéis:

"Casa tomada"

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte mas retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.


Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
—¿Estás seguro?
Asentí.
—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.


Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
—No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
—Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.


(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
—¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente.
—No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.